Reflexiones

¿Por qué no puedo disfrutar de las cosas?

Antes podía pasarme horas jugando. Ahora no aguanto ni treinta minutos haciendo algo que no sea trabajar o crear.

8 min de lectura

Abro un videojuego que llevaba días queriendo probar. Me siento, me pongo los cascos y empiezo a jugar. No ha pasado ni media hora cuando ya lo estoy cerrando.

No es que el juego sea malo. Ni siquiera he llegado a descubrir si me gusta. El problema es que mi cuerpo está delante de la pantalla, pero mi cabeza está en otro sitio: en el vídeo que podría estar preparando, en una idea que debería apuntar, en algo que podría mejorar, construir o publicar.

Entonces aparece una pregunta que cada vez me hago más:

¿Qué me ha pasado?

Antes podía jugar durante horas

Hubo una época en la que los videojuegos ocupaban una parte enorme de mi vida. Jugaba sobre todo a Call of Duty y Counter-Strike. Podía empezar una partida y encadenar otra, y otra, y otra. Las horas desaparecían sin que tuviera que esforzarme por estar presente.

No necesitaba justificar aquel tiempo. No pensaba en lo que estaba dejando de producir ni en si esas horas me acercaban a algún objetivo. Jugaba porque me apetecía y porque lo disfrutaba. Eso era suficiente.

Ahora esa versión de mí parece muy lejana. Puedo tener tiempo libre, un juego nuevo y ganas de probarlo. Aun así, a los veinte o treinta minutos siento una especie de incomodidad. Mi cabeza empieza a buscar una salida hacia algo que considere más útil.

No ocurrió de golpe

No recuerdo haber tomado la decisión de dejar de jugar. Simplemente, crear cosas fue ocupando cada vez más espacio. Primero fueron pequeños proyectos. Después vídeos, sistemas, productos, ideas y problemas que quería resolver.

Construir tiene una capacidad de absorción muy distinta. Siempre hay una siguiente versión, una mejora posible, un nuevo experimento o una pieza que todavía no encaja. El trabajo deja de ser algo con una hora de inicio y de final. Se convierte en un proceso que sigue abierto en la cabeza incluso cuando el ordenador está cerrado.

Los videojuegos fueron quedándose al margen. Al principio podía volver a ellos de vez en cuando. Después pasaban semanas. Ahora regreso cuando aparece la nostalgia y me convenzo de que esta vez sí conseguiré perderme durante una tarde como antes.

Nunca ocurre. Media hora después ya estoy pensando en volver a crear.

No son solo los videojuegos

Con el tiempo entendí que el patrón era más amplio. Me cuesta mantenerme en casi cualquier actividad que no tenga una salida concreta. Ver algo, leer por puro placer, descansar o sencillamente no hacer nada activa la misma sensación: podría estar aprovechando mejor este tiempo.

Sin embargo, puedo pasarme horas construyendo un sistema, preparando un vídeo o desarrollando una idea. Ahí no aparece la impaciencia. El tiempo vuelve a desaparecer como lo hacía antes jugando.

Así que el problema no parece ser que haya perdido la capacidad de concentrarme o de disfrutar. Sigo teniendo ambas. La diferencia está en otra parte.

Cuando creo, al final existe algo que antes no existía. Cuando juego, no queda ningún resultado que pueda señalar.

La respuesta incómoda

Creo que, sin darme cuenta, he entrenado a mi cerebro para asociar satisfacción con producción. Un vídeo se publica. Un producto avanza. Un sistema funciona. Una idea toma forma. Hay una evidencia visible de que el tiempo ha servido para algo.

El ocio no ofrece esa prueba. Una partida no entrega nada. Una película no mueve ningún proyecto. Una tarde sin hacer nada no se puede enseñar, medir ni convertir en progreso.

Intelectualmente sé que esta forma de verlo no tiene sentido. Descansar importa. Desconectar permite volver con más claridad. Una vida no puede consistir únicamente en producir. Podría repetir todos esos argumentos y estaría de acuerdo con cada uno.

Pero entenderlo no cambia cómo se siente.

Cuando intento jugar aparece una voz silenciosa que enumera todo lo que podría estar haciendo en su lugar. No importa que sea de noche o que haya terminado lo urgente. Siempre existe otra cosa que crear.

Cuando descansar se siente como perder el tiempo

Crear no es solo mi trabajo. También se ha convertido en una parte importante de cómo me entiendo a mí mismo. Me gusta aprender, probar herramientas, explicar lo que descubro y construir cosas que puedan ser útiles para otras personas.

Eso no es falso ni necesariamente malo. El problema aparece cuando toda forma de disfrute necesita justificar su existencia como avance. Si cada hora tiene que producir algo, nada puede existir simplemente porque sí.

Hay una diferencia entre elegir crear porque es lo que más disfruto y ser incapaz de parar sin sentir culpa. Desde fuera pueden parecer exactamente lo mismo. Por dentro no lo son.

La pregunta que me preocupa no es si debería obligarme a volver a jugar como cuando era más joven. Es si todavía puedo decidir no producir durante un rato sin sentir que estoy perdiendo terreno.

La trampa de dejar el disfrute para después

Es fácil imaginar que esto se resolverá cuando termine lo siguiente. Cuando publique el próximo vídeo. Cuando el proyecto esté más estable. Cuando alcance cierta meta. Cuando ya no haya tantas cosas abiertas.

El problema es que siempre hay algo después. Cada objetivo alcanzado crea otro objetivo un poco más lejos. La línea de llegada se mueve con la misma velocidad con la que intento acercarme.

Así se puede aplazar el disfrute durante años sin tomar nunca la decisión explícita de hacerlo. No renuncias al ocio; simplemente dices que volverás a él más adelante. Y, mientras tanto, la incapacidad de parar se convierte en una costumbre.

¿Qué ocurre si ese momento de tranquilidad nunca llega porque soy yo quien siempre encuentra una nueva razón para seguir?

Otra forma de entenderlo

Quizá no he perdido la capacidad de disfrutar. Quizá mi manera de disfrutar ha cambiado.

Antes encontraba placer principalmente consumiendo: jugando, explorando mundos que otra persona había creado, compitiendo durante horas. Ahora lo encuentro creando: dando forma a una idea, resolviendo un problema o publicando algo que puede ayudar a alguien.

No tiene por qué haber nada roto en ese cambio. Las personas cambian y no estoy obligado a conservar exactamente las mismas aficiones que tenía antes. Crear puede ser una fuente real de alegría, no una versión inferior del ocio.

Al mismo tiempo, esa explicación puede convertirse en una excusa muy cómoda. Puedo decirme que simplemente he evolucionado cuando quizá lo que ocurre es que he normalizado no saber parar.

La distinción que intento observar es sencilla de formular y difícil de responder: ¿construyo porque libremente prefiero hacerlo o porque ya no sé estar de otra manera?

No tengo una respuesta cerrada

No escribo esto como alguien que haya resuelto el problema. Lo escribo porque ponerlo en palabras me obliga a reconocer que existe.

No sé si quiero recuperar al jugador que podía pasar una tarde entera en Call of Duty o Counter-Strike. Tampoco sé si sería posible. No soy la misma persona y no tiene sentido fingir que el tiempo no ha pasado.

Pero sí quiero conservar la capacidad de hacer algo que no lleve a ninguna parte. Jugar una hora sin convertirla en culpa. Ver algo sin pensar en cómo podría aprovecharlo. Descansar sin necesitar que el descanso demuestre después que mejoró mi productividad.

Quizá la cuestión no sea volver a disfrutar exactamente como antes, sino aprender que no todo lo valioso tiene que dejar un resultado.

De momento, sigo dentro de esa contradicción: crear es lo que más disfruto y, a la vez, me preocupa que sea lo único que todavía sé disfrutar.

Puede que a más personas les ocurra lo mismo. Tal vez reconocerlo sea, al menos, una forma de empezar.